Fractales, imágenes generadas con algoritmos computacionales, contenido abstracto. Literatura, ficción, surrealismo. Arte. Fotografía. Software libre, copyleft. Libertad.
2008-02-01
Hace unos días fui a una exposición del museo CosmoCaixa de Madrid, dispuesto a encontrarme con seres monstruosos. Era una exposición en la que se mostraban seres vivos, concretamente diversas especies de serpientes.
El pequeño tamaño de la sala en la que estaba emplazada la exposición fue una de las primeras cosas que llamó mi atención. Sobre las mesas, unos recipientes de cristal confinaban a las serpientes. Uno de los objetivos de esa exposición era mostrar al público que las serpientes no son tan terribles. Me pregunté si las prisiones de cristal de reducido tamaño en las que estaban recluídos esos animales formaba parte de la estrategia comercial para que los visitantes sintiesen piedad por ellos.
Todas las serpientes tenían una ficha con el nombre de la especie y algún dato adicional, aunque apenas pude concentrarme en las fichas. Tampoco eran los seres monstruosos que tenía alrededor los que ocupaban mi atención en ese momento. Mi mente estaba en otro lugar, esforzándose por tratar de imaginar cómo sería la vida dentro de una urna de cristal.
Me acerqué a una serpiente enroscada. Su pasividad me sugería que hacía tiempo que había aceptado su cautiverio; pensé que quizás estaba aburrida… o quizás sólo era mi imaginación. ¿Puede aburrirse una serpiente? Casi todas estaban así, enroscadas dentro de su recipiente. Puede que fuese simplemente su posición habitual, pero mi imaginación seguía insistiendo en mostrarme a una serpiente melancólica recluida en una urna.
Preparé la cámara y comencé a hacer algunas fotos. Por supuesto, antes de entrar me había preocupado de informarme de si estaba permitido utilizar la cámara en el interior. Me dijeron que sí, pero sin flash, lo que me pareció completamente razonable. La iluminación era muy débil, como suele ser habitual en museos y salas de exposiciones. Como las serpientes apenas se movían, para compensar la ausencia de flash era suficiente con un objetivo con estabilización óptica, aumentar un poco la sensibilidad ISO y utilizar la mayor apertura posible. De hecho, ni siquiera tenía sentido alguno utilizar un flash porque se habría reflejado en el cristal.
Poco tiempo después, un ser vivo de la especie homo sapiens que estaba a mi lado sacó una cámara compacta de su bolsillo y tomó varias fotografías a la serpiente que tenía delante, todas ellas con flash. Tal vez olvidó preguntar, pero en cualquier caso no hacía falta mucha inteligencia para darse cuenta de que el flash a unos pocos centímetros de los ojos de un ser vivo no era apropiado. Mi conclusión fue que, probablemente, aquella persona era consciente de que no debía hacerlo, pero no le importaba. En ese momento noté que el sujeto se disponía a hacer una serie de fotos, siguiendo el mismo procedimiento, a todas las serpientes de la sala. Por muy monstruosos que sean esos animales, no se merecían semejante tortura en cadena. Ya estaba definitivamente decidido a llamar su atención cuando miré a mi alrededor, y entonces cambié de idea. No era el único. Los flashes de los visitantes eran continuos e interminables. Observé durante un rato y llegué a la horrible conclusión de que era una práctica común durante todo el día; la gente entraba, cegaba a unas cuantas serpientes y se marchaba. Tal vez las serpientes ya se habían quedado todas ciegas y por eso estaban aburridas y enroscadas.
En el otro extremo de la sala estaba la cobra. Era una de las pocas que no estaba enroscada y me pareció que su recipiente era el más grande. Unas cintas mantenían a los visitantes a un metro de distancia de la urna de la cobra, que estaba en posición de alerta.
Efectivamente, como estaba previsto, pude contemplar a unos seres monstruosos aquella mañana. Mientras me preparaba para hacer la foto de la cobra, unos jóvenes se esforzaban en acercar los brazos y hacer movimientos bruscos para enfurecerla. A un lado, una ignorada nota de aviso rogaba mantener la distancia para evitar molestar en exceso a la cobra. Si se sentía amenazada, trataría de atacar y podría golpearse con la urna.
—¡Se ha tragado el cristal! —exclamó a los pocos segundos uno de los jóvenes entre carcajadas. A continuación, tras el éxito logrado por su compañero, otra serie de jóvenes del mismo grupo se acercaron para continuar con el procedimiento y repetir el espectáculo de ver a la cobra estrellar su cabeza contra su prisión transparente. Decidí que ya había visto bastantes seres monstruosos y me marché.
Existen muchas formas de demonios y monstruos en el mundo, pero de todas las que había en aquella sala, estaba suelta la que, sin duda, era la más monstruosa, infame, despiadada, aterradora y despreciable de las especies.

El contenido original de estas páginas, creado por Roberto Gordo Saez, se publica bajo la licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 España.
roberto@zenvoid.org
RSS para los comentarios de este artículo. TrackBack URL
Se ha cerrado la publicación de comentarios, no es posible crear uno nuevo en este artículo.