Diario de un psicópata cualquiera

2008-08-25


Nota 1: Este es un relato de ficción literaria. Los acontecimientos y personajes que en él aparecen son ficticios, no están relacionados con ninguna situación ni personaje real.
Nota 2: La nota 1 podría ser falsa. Quizá.
Nota 3: Ninguna de las notas anteriores es cierta, ni las posteriores tampoco.
Nota 4: La nota 3 es la única que dice la verdad.

Diario de un psicópata cualquiera

Hoy ha sido un día difícil, uno de esos días que empezó con un cometido que no podía saldar. Como era habitual, a mi alrededor todo estaba en orden, tranquilo y silencioso. Me acompañaba una agradable atmósfera de tranquilidad y normalidad sobre la que viajaban mis turbios impulsos; un mismo refugio que acogía la paz y la guerra, donde esperaban escondidos los mejores sentimientos y los peores tormentos. Hoy, como tantas otras veces, tuve que rechazar las órdenes que habían sido reclamadas por mi propia existencia, porque hoy fue uno de esos días en los que desperté con la imperiosa y turbadora necesidad de matar cruelmente a un ser humano.

En muchos de los estados y territorios invadidos por el hombre es ilegal matar a una persona sin permiso. En general, tales permisos sólo se conceden algunas veces a otros seres humanos (especialmente a los más despreciables e incompetentes, que con frecuencia son los que poseen las cualidades necesarias para obtenerlos). No podré conseguir esos permisos; no soy un ser humano, hace tiempo que dejé de serlo, si es que realmente lo fui alguna vez.

El día amaneció nublado. A través de mi ventana entraba la tenue atmósfera de humedad que emerge siempre que la lluvia intenta dejarse caer con timidez durante la noche. Sin duda una novedad, después de tantos y tantos días soleados. Afuera, una luz gris acompañaba a los peatones y su inseparable desfile de paraguas, abiertos y cerrados. Apenas llovía. A pesar del nivel de superpoblación —la plaga de humanos— de una ciudad, se podía considerar estadísticamente improbable que alguna de las gotas sueltas que gozaban de la habilidad de conseguir saltar de su nube fuese a tener el privilegio de aterrizar sobre la cabeza de alguna persona. Después de un rato dedicado a la observación, cualquiera podría llegar a la conclusión de que la recepción de unas gotas de agua en la cabeza era un terrible acontecimiento para un ser humano. ¡Tanto esfuerzo para evitarlo!, debía ser realmente una experiencia traumática. Uno se alegra de no pertenecer a la especie.

Antes de salir afuera, una serie de preguntas se tomaron la libertad de asaltarme. ¿Realmente necesitaba permiso legal para matar a alguien?, ¿de qué servía un permiso creado por un grupo de insustanciales seres humanos? Como siempre, había decidido que no lo iba a hacer, no iba a matar a nadie. Pero… ¿porqué?, ¿qué razonamiento había detrás de esa decisión?, ¿importaba algo ser calificado como un asesino?, ¿importaba algo ser apresado?

Probablemente sería una distinción de honor liberar al mundo de uno de sus múltiples horrores y ser reconocido como tal; aunque, por otro lado, no podía evitar que, ante mi propio juicio, el valor de una distinción de honor otorgada por seres humanos se disolviese hasta niveles tan incoherentes como el valor propio de sus permisos o sus leyes. Ser apresado y encarcelado podría ser una molestia, ciertamente, pero en cualquier caso ya estaba yo recluido, sin posibilidad alguna de indulto, en un mundo en el que había sido forzado a ingresar. A pesar de todo ello, no quería matar a alguien en contra de su voluntad, porque no quería sentirme mal; si había un motivo por el cual no lo iba a hacer, era por mi propio y banal egoísmo —tan simple y trivial era la respuesta—: me sentiría mejor si no lo hacía.

Una vez fuera, con los ojos dirigidos hacia las nubes, me dejé llevar por la belleza irregular y asimétrica que el cielo de aquella mañana húmeda había regalado a los habitantes de la Tierra. Un minuto después regresé al suelo para contemplar que abajo todo era gris; la calle, la gente la atmósfera… incluso la tenue luz del sol que descendía —con el permiso de las nubes y las partículas en suspensión generadas por la actividad de los hombres—, era gris cuando llegaba a la tierra. Ninguna especie de las que transitaban la ciudad —quizá con la excepción de las palomas y urracas— levantaba la mirada del suelo, nadie más contemplaba, nadie parecía disfrutar.

Nada era nuevo en el exterior; una escena que había visto antes, en incontables ocasiones. Las mismas personas esperaban, a la misma hora, en la misma parada de autobús. Los establecimientos de siempre abrían sus puertas a la hora de siempre. La misma gente corría de un lado a otro, luchaba por llegar a su destino habitual, a su hora habitual. Los mismos conductores agobiados por el tráfico, las mismas caras rígidas y malos modales, el mismo distanciamiento, el clima de tensión, de obligación, de presión, de triste resignación. La misma sociedad aburrida, la misma maquinaria de engranajes oxidados que se esforzaba por seguir funcionando, cargada de infinita tristeza, en su lamentable estado putrefacto. Rutina. Predecible simetría matemática. Marionetas.

Me acerqué a una de las paradas de autobús donde esperaba una abundante colección de personas. De todas ellas, mi atención se centró en la más triste, aburrida y melancólica; alguien cuya mirada reflejaba un abismo, un pozo sin fondo que albergaba espacio vacío, frío e inerte, como el que existe entre las distantes estrellas del universo. Entonces pregunté amablemente:

—Disculpe señorita, ¿querría usted morir hoy?

Me sorprendió la rapidez con la que obtuve una respuesta. A pesar de que me forcé a preguntar en el tono formal y educado que tanta aversión me producía, no obtuve una respuesta simple y directa; solamente amenazó con lanzarme al cuello a un ser humano de los que muerden, que suelen ser los que llevan uniforme de policía.

—Pues nada más, ya me marcho para que pueda usted continuar viviendo en su apreciado mundo rutinario, que seguramente le resultará mucho más excitante que disfrutar de una intensa experiencia mortal.

Continué caminando despacio, sin un destino concreto. El tiempo pasaba, se acercaba el mediodía. La maquinaria social que me envolvía me horrorizaba profundamente; en cualquier calle de la cuidad, en cualquier rincón, allí estaba, omnipresente, inevitable. Intentaba mantenerme alejado de los zombis que caminaban cerca, por las aceras, por las calles… ¿Qué sentido tendría matarlos?; ya estaban muertos, la inercia los mantenía en su monótono movimiento permanente.

Un poco más tarde me detuve un momento para ingerir, sin demasiado interés, un pedazo de comida plastificada que había comprado unos minutos antes. Descansé durante unos minutos y no pude evitar estrellar accidentalmente mi mirada en una de las vallas publicitaras de tamaño gigante que había diseminadas por la ciudad. ¡Qué horror!, ¡qué forma tan espantosa de ocultar las nubes del cielo, en uno de los escasos lugares libres de paredes que aún quedaban!

Allí seguía yo, cara a cara frente a un perverso instrumento social, que además era legal y permitido, ideado para manipular los frágiles cerebros de los zombis, sin que yo tuviese manera alguna de destruirlo. ¿Y por qué me preocupaban en ese momento los cerebros de los zombis? Tal vez algún pedazo de sensibilidad, algún fragmento de empatía procedente de mi anterior vida como ser humano, quedó residente en mi cabeza. Eso fue lo que pensé, mientras me esforzaba por terminar de engullir mi ración de combustible, tan necesaria como repugnante. No pude evitar sentir lástima por los zombis; ellos sólo eran las víctimas inconscientes, el resultado del experimento. Quizá no eran ellos los que debían ser exterminados. Y después de apartar definitivamente la vista de semejante monstruosidad publicitaria, reanudé mi viaje a ninguna parte.

Llegué hasta un pequeño parque rodeado de edificios altos, sembrado de farolas y algún que otro árbol para adornar. Un hombre, que estaba parcialmente sentado sobre la parte alta de un banco, realizaba una interesante combinación de aspavientos aleatorios con uno de sus brazos; el trozo de plástico que sujetaba cerca de la cabeza con su otro brazo era un indicio de que estaba conversando con su teléfono móvil. Cuando estuve un poco más cerca pude fijarme en su corbata, y un desagradable escalofrío me paralizó un instante; recordé el tiempo en el que yo mismo tuve que portar uno de esos estúpidos instrumentos colgados del cuello. Al menos ahora me resultaban útiles para identificar a los seres humanos más nocivos, aquellos de los que debía huir con especial diligencia. Pensé que con un poco de suerte sería un comercial, o un publicista dedicado a manipular zombis; no intenté huir esta vez, sino que esperé pacientemente el momento de hablar.

—Hola, ¿eres un comercial? —dije, esta vez en un tono normal, informal.

—¡No! —contestó rotundamente, señaló un bloque de oficinas acristalado y me dijo el nombre de la empresa. Me miró, y cuando se percató de mi indiferencia ante su enorme jaula acristalada, continuó hablando:

—Finanzas, operaciones bursátiles, derivados, futuros…

—Entonces no somos tan diferentes —contesté, a la vez que asentía con la cabeza—, yo tampoco tengo alma. —Una serie de carcajadas me interrumpieron. Me preguntaba qué era lo que le parecía tan gracioso. Continué hablando, ahora en un tono mucho más serio.

—Te alimentas de los cerebros de los zombis; el objetivo es mantener la morbosa cadena alimenticia en funcionamiento —Levanté el tono de voz y me acerqué hasta que el individuo se sintió visiblemente intimidado—. Tienes un objetivo que cumplir, yo tengo otro. Tan importante es mi objetivo para mi, como el tuyo lo es para ti. Necesitas el trabajo para sentir satisfacción personal, necesitas apoyar las causas benéficas por que te proporcionan tranquilidad, necesitas sentir que haces lo correcto, que eres importante. Nadie quiere sentirse mal. Al igual que tú, tengo cosas que hacer en el mundo.

—Vale, muy bien, supongo que eres una persona perfecta.

—¡Yo no soy una persona! —grité con fuerza—. Al igual que tú, soy un terrible monstruo voraz, condenado a vagar por la Tierra. Es un gesto soberbio por tu parte pensar que tus objetivos en el mundo son más importantes que los míos. Si una persona con corbata desapareciese del mundo sería una liberación para otras. Seguramente nada cambiaría permanentemente, sería una acción insignificante a largo plazo, pero un precioso gesto simbólico en cualquier caso. Mi pequeña donación al mundo. Solamente me interesa la respuesta a esta pregunta: ¿estarías dispuesto a morir hoy? Intentaré que la forma no sea excesivamente cruel.

Al contrario que en mi primera pregunta del día, no hubo una respuesta inmediata esa vez. El silencio se alargó hasta cuatro interminables segundos, durante los cuales, el sujeto mantuvo estática su mirada de ojos claros constantemente dirigida hacia los mios. Pensé que mis palabras no habían sido tomadas con seriedad hasta ese mismo momento. No se movió ni un centímetro. Tampoco llegó a contestar. Pasados los 4 segundos sonó una melodía de cuestionable interés artístico, volvió a quedarse adherido a su trozo de plástico, reanudó su ritual de aspavientos e inició el camino de regreso a su jaula de cristal —todo ello sin volver la vista atrás—, hasta que terminó por fundirse completamente con el acero inerte de la maquinaria social en la que estaba inmerso.

Me marché caminando despacio; cuando pasé cerca de la enorme jaula de cristal, me quedé mirando durante un instante. La empatía que quedaba residente en mi cabeza empezaba a resultar molesta. En el fondo no podía evitar sentir lástima por ellos, pobres marionetas. Probablemente no eran conscientes de lo que hacían, al igual que cualquier otro zombi vulgar. Y yo, ¿era consciente de lo que hacía? La definición de consciencia era tan amplia y ambigua que probablemente nadie lo era; tampoco yo, además, la definición había sido creada por seres humanos, por tanto, ¿qué interés podía tener para mi ajustarme a ella?

Continué atormentándome durante un rato con una serie de preguntas cuyas respuestas no llevaban a ninguna conclusión, cada vez más filosóficas, más abstractas, más surrealistas. Más y más preguntas brotaban derivadas de las respuestas en una sucesión sin fin. Cuando estaba ya cuestionándome seriamente mi propia existencia y la del universo entero, decidí que era el momento de regresar y hacer algo tan mundano, tan normal, tan ordinario como escuchar música o leer un libro, nada más que eso, antes de acabar desquiciado por las divagaciones de mi propia cabeza.

El cielo se había oscurecido aún más, las nubes amenazaban con hacer sufrir desmesuradamente a los pobres seres humanos, zombis o no, que caminaban abajo en la tierra. Caminé, en dirección opuesta, por las mismas calles por las que había llegado.

¿Estaba jugando a ser dios en la Tierra? ¿Disponía yo de la autoridad moral para decidir quién debía morir y quién debía salvarse? Mis sentencias eran tan subjetivas y cuestionables como las de un zombi cualquiera. Si hubiese obtenido permiso, ¿habría podido hacer lo que mis oscuros e inherentes deseos me sugerían? Probablemente no. Entonces, ¿qué estaba haciendo ahí?, ¿qué pretendía encontrar?, ¿tenía algún sentido que buscase a alguien dispuesto a morir para luego no ser capaz de ejecutarlo?

Había deambulado durante horas. Era tarde, estaba comenzando a oscurecer. El trozo de comida que había ingerido era ciertamente insuficiente para reponer la energía consumida durante todo el día. Caminaba despacio, el cansancio ya se manifestaba, como si tuviese que cargar con una enorme piedra sobre mis hombros. Las nubes, que habían estado todo el día esperando el momento, rompieron finalmente a llorar contagiadas de mi angustia, y la lluvia cayó sobre mi espalda como un refrescante regalo del cielo.

La gran valla publicitaria despertó a mis demonios cuando pasé otra vez a su lado. No dudé en ejercer mi derecho, legal y permitido, de imaginar que el mundo entero sucumbía ante una gigantesca explosión nuclear en ese mismo instante. ¡Oh!, ¡qué placer!, ¡adiós a la hipocresía!, ¡adiós a los estúpidos seres humanos!, millones de fantásticos cadáveres esparcidos por la superficie del planeta. Pero no, desafortunadamente eso no iba a ocurrir (de momento) y ahí continuaba yo, en el infierno. Matar a alguien me haría sentir incluso peor que cuando me encontré bruscamente con la gran valla publicitaria por primera vez. No había nada que hacer, no mataría a ningún ser humano, nunca. Mi cometido se desvanecía así como las gotas de lluvia eran asimiladas por la tierra. No los consumaría de ningún modo, mis profundos deseos quedarían enterrados y olvidados para siempre.

Llegué a mi apartamento cuando ya había anochecido. Agotado, recogí el correo sin pararme a leerlo, aumenté el volumen del equipo de música y me dejé llevar por la serenidad y armonía que me acompañaba habitualmente.

—Mañana será un día normal. Espero que la atmósfera de tranquilidad siga aquí conmigo, como siempre, atormentándome dulcemente —pensé. Me miré al espejo, y vi a un ser humano.

—¡No puede ser!, ¿es una pesadilla?, ¿una alucinación? Muchas gracias espejo por ser tan cruel conmigo. Una molesta costumbre de los espejos mostrar el mundo reflejado en ellos. ¡Cómo odio a los seres humanos! Y lo que más odio es que yo soy uno de ellos. Me odio.

Así fue cómo hoy, esta misma noche, el espejo me presentó fortuitamente a una persona, alguien que podía aceptar mi propuesta. ¡Era tan sencillo!, siempre había estado ahí, no habría sido necesario buscar tan lejos. Pulsaré el gatillo y por fin habré saldado mi cometido, para siempre. No podré sentirme mal. No podré sentir nada. Solamente un abismo, un pozo sin fondo, espacio vacío, frío e inerte, como el que existe entre las distantes estrellas del universo.

Clasificación: Literatura

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Roberto Gordo Saez

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